Una capital liceísta

Por José Luis Rivera Donawan Indiscutiblemente, la ciudad capital  es  […]

Por José Luis Rivera Donawan

Indiscutiblemente, la ciudad capital  es  netamente liceísta.  Esto lo pudimos comprobar un día después que el eterno rival  del  Licey,  las Águilas cibaeña los derrotaran 11 a 5. Las calles lucían lúgubres y  tristes.  En los carros públicos los pasajeros se veían y lucían taciturnos.  Sólo se veían algunos y fieles aguiluchos celebrando, muy pocos.  Amén,  de algunos santiagueros  netos.

En mi sector –San Carlos— la misma noche del triunfo aguilucho apenas pudimos escuchar –como sospecha de que habían derrotados a la púrpura azul –, unos pírricos,  descifrables y desabridos sonidos. Con esto no queremos decir que en todos los sectores citadino sucediera lo mismo. Ni  que la presencia  en la ciudad capital de los cibaeños no sea fuerte, pujante, decisiva y determinante.  Máxime,  en el  ámbito  deportivo, como  es el  béisbol. Pero si debemos tener bien claro, en la capital los aguiluchos son minoría. Son menos.

Lo cierto es que la ciudad capital amaneció apagada. El arrollador triunfo aguilucho 11 a 5, dejó a los citadinos liceístas casi muertos. La ciudad capital tampoco se liberó y escapó de ello.  Las palabras del excelso, contagioso periodista y narrador Franklin Mirabal, no valieron  de nada.  La derrota vino, porque vino. Porque: “Las Águilas son las Águilas…”, como diría el narrador Santana Martínez. La razón gravita—según un amigo y fogoso liceísta— es que cada jugador aguilucho es primero “fanático”, y luego, jugador. Es el axioma constante y  eterno del porqué el jugador del aguilucho es mucho más aguerrido en el terreno de juego que del los otros  equipos.

Este 1 de febrero del 2018 la ciudad Santo Domingo  amaneció callada, apagada, tranquila. La contienda beisbolìstica entre los tigüeres del Licey y las Águilas cibaeña,  así lo evidenció. Fue lo que realmente percibimos. Fue lo que sentimos al levantarnos y recorrer algunos barrios de la ciudad capital ese día. Y no es una vulgar y simple mentira, es la pura verdad. Y es que se lo está  diciendo un liceísta mil por mil.

El autor es contador (CPA) y periodista

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