OPINION: El mundo que quedó atrás

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El 3 de junio de este año se cumplió el primer centenario del nacimiento del gran poeta dominicano Pedro Mir (1913-2000). Su legado nos sirve hoy para comprender el pasado e iluminar el presente. De todas sus obras, las cuales fueron muchas, la que se ha convertido en emblema de los hombres de mi generación es el poema “Hay un país en el mundo”, dado a la estampa en La Habana (1949) cuando se hallaba en el exilio. Allí, entre nostalgias, como los profetas antiguos nos recreo el mundo dominicano.

Cuatro son los grandes ejes temáticos del gran poema de D. Pedro Mir,que nos trasunta las imágenes del país hace 64 años.

  1. Un país despoblado y agreste. Con una densidad  poblacional de tres millones de habitantes. Con grandes extensiones de tierra:

En verdad.
Con tres millones suma de la vida
y entre tanto cuatro cordilleras cardinales
y una inmensa bahía y otra inmensa bahía,
tres penínsulas con islas adyacentes
y un asombro de ríos verticales
y tierra bajo los árboles y tierra
bajo los ríos y en la falda del monte

y al pié de la colina y detrás del horizonte
y tierra desde el canto de los gallos
y tierra bajo el galope de los caballos
y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor
y debajo de todas las huellas y en medio del amor

El contraste con el presente es extraordinario. En el último censo se dice que rebasamos los diez millones de habitantes. Que nuestra densidad de población alcanza más de 197 h/km2. Superior a la Venezuela (32h/km2), Bolivia (9 h/km2), Paraguay (16 h/km2), Chile (22 h/km2), Uruguay (19h/km2), Argentina (14h/km2), Brasil (23h/km2), Perú (24h/km2), Guayana francesa (3h/km2). Dicho brevemente: superamos las proporciones de América del sur, que se estima en unos 22 h/km2  y la América Central que alcanza globalmente 89 h/km2.  Y desde luego la densidad de población de Estados Unidos calculada en 32h/km2, de  Canadá (4 h/km2) y del pobladísimo México (60 h/km2). Tenemos con Haití una frontera intrainsular de 392 kilómetros, que las circunstancias calamitosas de ese Estado colapsado han convertido en un colador.

En la República Dominicana hay más de 2 millones de haitianos indocumentados. Es decir, hay en el país más haitianos, que argentinos, en Argentina, que chilenos, en Chile, que brasileños en Brasil, que canadienses en Canadá, que colombianos, en Colombia. Dentro de nuestro propio territorio otra nación ha extendido su tienda de campaña, con el apoyo de todas las fuerzas internacionales, trata de romper las fronteras jurídicas, y convertir nuestra soberanía y nuestra independencia en agua de borrajas.

Aquel país de ríos caudalosos, y tierras pródigas,  donde faltaban hombres para poner a producir la tierra, para inventar el porvenir y la prosperidad, comenzó a desaparecer. Nuestras montañas y parques nacionales son carbonizados salvajemente para  alimentar las necesidades de Puerto Príncipe.

  1. El predominio de los campesinos sin tierra.

En ese fluvial país, donde la tierra se derrama y brota como una vena rota. Los campesinos no tienen tierra. Prevalece el latifundio. Ese dominicano  no tiene ni siquiera donde caerse muerto. Así lo expresa el poeta con estas palabras dramáticas:

Y la tierra no alcanza para su bronca muerte

No alcanza para quedar dormido

El poeta nos muestra la imagen de un país pequeño y agredido, triste y torvo, triste y acre. Un país de campesinos empobrecidos, muriéndose de hambre, en medio de una belleza extraordinaria.

  1. 3.   La irrupción del ingenio y los grandes latifundios como mecanismos de coerción y de poder

La economía del país  se fundaba en el monocultivo de la caña de azúcar. El ingenio representaba el universo de San Pedro de Macorís, la tierra natal del poeta, llamada en sus años de gloria, la Sultana del Este. Porque alguna vez concentró todo el desarrollo económico y social del país.

El ingenio era dueño de las leyes, de las modernas locomotoras de transporte, de los puertos y de la  industria.  Hay una canción intercalada en el poema que se refiere a la ubicuidad del ingenio.

son del ingenio
y la furia y el odio sin límites
son del ingenio
y las leyes calladas y triste
son del ingenio
y las culpas que no se redimen
son del ingenio
El poeta echa un vistazo  a los hombres y mujeres trabajadores. Al albañil, al picador, la costurera, al sepulturero, a los estibadores, a los pregoneros, y al final llega a la conclusión de que el valor de su esfuerzo se resuelve con un dólar. Y toda esa injusticia acaece ante el silencio de los jueces, de los poetas y de los abogados.  Esta impunidad hace que estalle de indignación.

Este es un país que no merece el nombre de país.
Sino de tumba, féretro, hueco o sepultura.
Es cierto que lo beso y que me besa
y que su beso no sabe más que a sangre.

La producción de azúcar no es la espina dorsal de la economía. Ese mundo desapareció. Y se impuso un nuevo modelo basado en el turismo, las zonas francas, algunos productos de agro exportación.  En contraste con esa triste realidad de dominicanos trabajando por salarios miserables, el empleo no es que está mal pagado, sino que ha sido desnacionalizado.  La agricultura, la construcción de viviendas, los servicios, la buhonería, todos esos trabajos masivos han sido completamente copados por los haitianos.  El carpintero gris tiene que dedicarse a jugar, a robar o a embarcarse en una yola para Puerto Rico.  El trabajo para el dominicano se ha extinguido.

  1. Finalmente, el poema  nos anuncia el advenimiento de una Edad de Oro, que, tras un baño de sangre, implantaría un régimen de justicia, de libertad y de paz.

Desde la sierra
procederá un rumor iluminado
probablemente ronco y derramado.
Probablemente en busca de la tierra.

Traspasará los campos y el celesta
dominio donde el este hasta el oeste
conmoviendo la última raíz

y sacando los héroes de la tumbas
habrá sangre de nuevo en el país
habrá sangre de nuevo en el país.

Era la utopía sonada por todas las generaciones que entraron al teatro de la historia, tras la muerte del dictador,  siempre estuvo ahí como La carta robada  de Poe o la rosa de Oscar Wilde.  Era convertirse en persona de clase media. Tener cierto confort: vivienda, educación, seguridad social.  Ningún razonamiento por más fantasioso que parezca podía llevarnos a algo superior. Fueron muchos los que se alzaron por  esta utopía y muchas las vidas que se perdieron luchando por implantar un sueno que se convirtió en una pesadilla.

Al leer el poema nos sobrecogemos de nostalgias como esas divas que tras los estragos de la vejez y del sufrimiento miran las fotos del pasado que las muestran esbeltas y llenas de vida, y exclaman: así era yo.

Hoy, sin embargo, no estamos luchando por ilusiones ni por ideologías abstractas, sino por salvar nuestro propio ser. El derecho a vivir en nuestra cultura, a tener un gobierno propio que nos fuera conculcado en 1822, el derecho a conservar el sentido inicial de nuestra vida como nación hispanoamericana, y la antorcha de nuestra independencia de febrero del 1844. Todo ese mundo puede desplomarse en un naufragio letal y definitivo.

Como dijo alguna vez, el insigne Menéndez Pelayo:

Pueblo que no sabe su historia es pueblo condenado a irrevocable muerte. Puede producir brillantes individualidades aisladas, rasgos de pasión de ingenio y hasta de género, y serán como relámpagos que acrecentará más y más la lobreguez de la noche.

Gracias, a don Pedro, por habernos hecho reflexionar en ese pasado cercano, y  ya remoto.

 

Ciudad de Panama, 20 de octubre 2013

EL AUTOR es historiógrafo, poeta y profesor universitario. Reside en Santo Domingo.
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Instituto Dominicano De Periodismo (IDP)

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