Vida después de Doha

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En muchas ocasiones en los últimos doce años de esfuerzos por llegar a un acuerdo en la «Ronda Doha» de negociaciones de comercio mundial parecería que estaban predestinadas al fracaso. Sin embargo los reportes, incluso algunos de este periódico, acerca de la muerte de Doha se ha comprobado que fueron grandemente exagerados. En Bali el 7 de diciembre se llegó a un acuerdo.

Cierto que es uno modesto, que cubre mayormente «facilitación del comercio» (simplificación de los procedimientos aduanales) y no la amplia liberalización que era el objetivo de Doha. Pero es el primer acuerdo mundial desde que surgió la Organización Mundial del Comercio (OMC) en el 1995. Incluye algunas cosas útiles: según un estimado, el reducir la burocracia en las aduanas podría incrementar la producción mundial anual en $400 mil millones, con gran parte de los beneficios dirigida a las economías en vías de desarrollo.

Y es el triunfo personal de Roberto Azevêdo (ver fotografía), el brasileño que asumió la posición de director general de la OMC en septiembre y que siempre ha insistido en que era posible lograr un acuerdo. Ahora Azevêdo tiene que aprovechar el ímpetu.

La lección principal es no repetir la triste historia de la ronda Doha. Ha tomado años de esfuerzos y varias experiencias de casi fracaso para lograr este pequeño éxito. El problema ha sido el enfoque de todo o nada de la OMC en lograr un acuerdo jumbo que necesita la aprobación de los 159 miembros. En teoría esta es la forma de asegurar que la liberalización del comercio sea verdaderamente global. En la práctica, con cada país capaz de ejercer un veto, es una receta para un bloqueo – y para entregarles el poder a los obstruccionistas.

El acuerdo de la semana pasada solo se logró después que la OMC redujo sus metas y se adaptó al denominador común más bajo de la agenda de Doha, dejando fuera los temas más difíciles tales como el comercio agrícola y la propiedad intelectual. Incluso entonces el acuerdo se logró cuando otros cedieron ante las demandas de la India, cuyos políticos testarudamente insistían en lograr una exención indefinida de las reglas de la OMC para sus subsidios agrícolas.

Más allá de Bali

La acción en el mundo de la liberalización del comercio estos días no está dentro de la OMC sino en los acuerdos regionales. El reciente acuerdo en principio entre la Unión Europea y el Canadá es un ejemplo pionero. Otros grandes pactos que se están negociando son el Acuerdo de Asociación Económica Estratégica Transpacífico (que involucra una docena de países entre ellos los Estados Unidos y Japón, ahora tristemente habiendo perdido su fecha límite de final del 2013) y la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversiones entre los Estados Unidos y la UE. Hasta las por mucho tiempo moribundas conversaciones entre la UE y el Mercosur están dando señales de vida.

Los acuerdos regionales son mejores que ningún progreso, pero no son ideales. En lugar de conducir a mayor comercio general, pueden desviarlo de los países que no forman parte del pacto a los que sí lo son. Y en la medida que estos proliferan existe el riesgo de crear un mundo balcanizado de grandes bloques de comercio que comercian más internamente y cada vez menos con el mundo exterior.

La OMC debe trabajar en contra de la balcanización no mediante la oposición a pactos regionales, sino tratando de atraerlos al sistema mundial. Después de las malas experiencias de años recientes las oportunidades de lograr otro gran acuerdo mundial lucen cada vez más escasas. Una ruta más promisoria es la que en la horrible jerga del mundo comercial se conoce como acuerdos plurilaterales – acuerdos mediante los cuales un grupo de países se reúnen para acordar liberalizar sus reglas en algún tipo de bien o servicio, con otros libres para unirse cuando les convenga. Son mucho más sencillos de negociar que los acuerdos multilaterales. Estos establecen los incentivos correctos para los rezagados: suba a bordo o quédese atrás. Y, al otros inscribirse, se pueden convertir en mundiales.

Esas coaliciones de los que lo desean lucen especialmente promisorias para el comercio de servicios y tecnología de la información. Otras áreas que podrían beneficiarse de esta estrategia incluyen las reglas de inversión (para reducir los subsidios) y el comercio en bienes y servicios medioambientales (incluyendo todo desde tanques sépticos, filtros de aire y consultorías verdes). China parece considerar esto como una forma prometedora de avanzar, a pesar de la oposición de las protegidas empresas estatales.

Idealmente todos los acuerdos regionales deberían estar abiertos a otros. De manera, que digamos, Ghana podría formar parte del acuerdo de la UE-Canadá, siempre que satisfaga las condiciones, o, más controversialmente, China se podría unir al TPP. Eso podría fastidiar a los que están fomentando los pactos comerciales regionales como fortalezas políticas. Pero ese es el punto. Ahora no es el momento de abandonar el principio de que el libre comercio es algo bueno en sí mismo. Por el momento grandes acuerdos podrían estar fuera del alcance de la OMC, pero pequeños éxitos podrían convertirse en otros más grandes.

Los acuerdos regionales son mejores que ningún progreso, pero no son ideales. En lugar de conducir a mayor comercio general, pueden desviarlo de los países que no forman parte del pacto a los que sí lo son.

 

 

Publicado por Juan Jose Ureña Breton

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Notimundo

Instituto Dominicano De Periodismo (IDP)

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